Era de noche y, sin embargo, llovía. Era una noche apacible, una suave brisa mecía las hojas de los frondosos árboles de la avenida. Me encontraba sentado en la mesa del salón comedor de mi apacible hogar, con el portátil enfrente. Los niños dormían, uno en el sofá y el otro en su hamaca. Era todo paz, Alonso Caparrós discutía con la hija de la Campos en A3, y Bea de Gran Hermano se disponía a aparecer en el debate de los domingos.

Como digo, estaba dando teclas cuando de repente oí un alarido de pánico. Seguidamente, escuché muy claramente mi nombre; Alto y claro. Sobretodo muy alto:

¡¡¡¡ QUERIDO Y DILECTO ESPOSOOOOOOOOOOO !!!! ¡¡¡ AMADO MIOOOOOOOOOOOO!!! ¡¡¡ SOCORROOOOOOOOOOOOOOOOO !!!! ¡¡¡AUXILIOOOOOOO!!!! ¡¡¡ VEN AQUIIIIIIIIIIIIIIII !!!!

Efectivamente, era mi señora, presa de un ataque de histeria sin precedente alguno. Me temí lo peor, y me levanté de la silla y corrí hacia donde supuse que estaba mi mujer. La encontré en medio del pasillo, blanca leche, blanca nieve, blanca que te quiero blanca, blanca doble blanca tiza, blanca pintura blanca.

‘ A-a-ahí hay algo’ ‘Al lado del cubo de la basura hay un ratón o algo, lo he visto’

Al oír esto, se me cayeron los cojones al suelo. Recordé la invasión de polillas de hace unos años, y la intrusión de un abejaruco u ave similar el verano pasado. Dios mio, otra vez no.

Mi mujer, mientras tanto, gritaba y pataleaba. Le dan mucho asco los bichos, así que me vestí de Coronel Tapioca y me internet en la cocina en busca del maldito roedor, como diría Jinks.

La primera inspección visual no dió resultado alguno, así que volví a darle al sargento el parte de novedades. Como era de esperar, no quedó satisfecha, así que entré de nuevo en la zona de combate. Lavadora, frigorífico y lavavajillas fuera de su sitio. Armarios vaciados e introducción de palo de escoba por rendijas varias. Otra vez, sin resultado.

Tras un nuevo parte de novedades, el sargento decidió precintar la zona. Y así lo hice: cogí un rollo de precinto adhesivo, y tapé los respiraderos de la cocina, así como la puerta. Quedó establecido un perímetro de seguridad, nadie podía entrar o salir de allí sin mi consentimiento. Entonces, establecimos el turno de guardias: yo haría la primera guardia, así como la segunda, tercera, cuarta y todas las demás. El sargento decidió seguir maldiciendo su suerte hasta reventar de agotamiento, momento en el que aproveché para retirarme a dormir un poco.

A las 5 o 6 de la mañana, no se cierto la hora, me encuentro al sargento sentado en la cama, inmóvil cual estatua: ‘oigo ruidos’, me dice. ‘Dios mío’, pienso yo, ‘otra vez no….’ Pero al final, como no puede ser de otra forma, me levanto y me encamino a la cocina pensando en que el sargento se ha vuelto loco y oye visiones. Abro la puerta y… ¡hola caballero!… pues que yo también oigo ruidos, exactamente en la rejilla del frigorífico… muevo la nevera y ¡voila!, el ratón Bartolomé que aparece de nuevo con sus alegres brincos y cabriolas.

Otra vez, zafarrancho de combate… toda la cocina por los aires, armarios vaciados, electrodomésticos…. y Bartolomé que no asoma el hocico ni por saber morir. Yo ya no me atrevía a volver a la cama por miedo al interrogatorio de mi inmediato superior, así que opté por sentarme en una banqueta de la cocina. Con la espalda apoyada en la pared, la mirada fija en el frigorífico, un cigarro en una mano y la escoba en la otra, he visto amanecer. La escena sería cómica si no fuera trágica. Por supuesto, Bartolomé mimetizado.

Esas horas de vigilia me han permitido pensar… así que he trazado un nuevo plan: he sugerido al sargento que aprovechando que llevaba al niño al colegio, me trajese munición: cola para ratones. Y he preparado mi venganza….. y por fin, a las 11, me he podido ir de casa.

Tres horas después, intrigado por saber si mi táctica había dado resultado, me he acercado de nuevo a casa, que previamente había sido absolutamente desalojada por el sargento, llevándose ropa y víveres por si la evacuación definitiva era inevitable.

Y amigos, éste ha sido el resultado:

¡¡¡ JODETE, BARTOLO !!!

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